Debilidad seminal

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En los siglos XVIII y XIX, si un paciente tenía poluciones nocturnas se le diagnosticaba una enfermedad llamada “espermatorrea” o “debilidad seminal”. Para resolver esta situación, entonces se empleaba una variedad de drogas y tratamientos, que incluían desde la circuncisión hasta la castración, pasando por una sofisticada operación que consistía −qué dolor sólo de pensarlo− en introducir una cánula por el pene y quemar el fondo de la uretra con nitrato de plata, como si de una soldadura se tratara.

 

Mientras que la masturbación es considerada pecaminosa para la mayoría de los cristianos ortodoxos, San Agustín estableció que las emisiones nocturnas no eran capaces de contaminar la conciencia de la persona. Afirmaba que se trataba de actos carnales involuntarios. A pesar de ello, San Agustín rezaba para que Dios lo liberara de esa “pegajosa lujuria” y recomendaba la oración para limpiar el alma de los soñadores.

 

La Biblia, en el Deuteronomio, se refiere a las emisiones nocturnas en términos negativos. Las califica de “sucias” e “impuras” y las asemeja a las enfermedades contagiosas que pueden curarse sólo a través de elaboradas ceremonias y rituales. Actualmente, esta afirmación es rechazada por muchos cristianos.

 

En cualquier caso, desde un punto de vista médico y psicológico, las emisiones nocturnas son tanto involuntarias como, y absolutamente, normales, y desde luego no requieren de ningún tratamiento. Si no quieres que te sorprenda durante el sueño, disfrútalo despierto. Los órganos tienen su función, y si no se usan despiertos ya viene el sueño para compensar.

M. Pérez, J. J. Borrás y X. y Zubieta

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Publicado en elmundo.es.

Ilustracion:Luis Parejo

Compartir no suma, multiplica

psicologos valenciaLa satisfacción es muchísimo mayor cuando podemos compartirla. Si bien es cierto que hay alegrías que marcan profundamente nuestro ser, también es verdad que cuando somos capaces de compartir nuestra felicidad, ésta se multiplica enormemente. Una alegría compartida no es dos veces más, sino la suma potencial de una serie de circunstancias agradables y placenteras.

Los placeres de la vida pueden venir solos o acompañados. Nuestra sexualidad es similar en este sentido. Cuán cierto es el dicho de que “más vale solo que mal acompañado”. Y cuánto más el de que “para disfrutar de la compañía de otros, es indispensable saber disfrutar de la compañía de uno mismo”.

Si disfrutamos tanto de nuestra propia compañía como de la de otro u otros, los momentos alegres se ven potenciados. En nuestra sexualidad ocurre lo mismo. Puede ser ésta satisfactoria y placentera a solas, pero el goce se eleva cuantiosamente si podemos compartirla con la compañía deseada.

Mucho se insiste en la importancia de acostumbrarnos a comunicar. Es decir, en la necesidad de sacar diversos aspectos de nuestro interior. El arte de expresarnos. La capacidad para comunicar nuestras necesidades e inquietudes, así como el saber escuchar lo que nos dicen. El ejercicio de esta capacidad sienta los cimientos para un mayor disfrute.

Exactamente lo mismo ocurre en el ámbito sexual. Hemos de ser capaces de acostumbrarnos a comunicar. Habituarnos -como sea- a expresar nuestras necesidades, deseos, sentimientos, fantasías… Y ser capaces -asimismo- de escuchar las de los demás. Contemplarlos. ¿Qué hay de raro en esto? Más raro es no hacerlo. El camino a la comunicación, en sí mismo, conlleva el disfrute -sexual o de otro tipo- y lo potencia.

M. Pérez, J. J. Borrás y X. y Zubieta

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Al calor del frío invierno

al-calor-del-frio-invierno-psicologos-valenciaEl otro día, en una comida de empresa, una joven mujer se quejaba de que hacía unas semanas que su libido la había abandonado -o al menos eso creía ella-. Estaba claro que se encontraba preocupada y que quería hablar de lo que le ocurría. No se sentía contenta con la situación y pensaba que en ella había una parte de responsabilidad. Sentía que su pareja probablemente se veía afectada por su estado y le parecía injusto. Quería saber qué hacer y cómo proceder.

Casi al mismo tiempo, también encontrábamos a un hombre joven que se quejaba, ya no de su baja libido, sino de la de su pareja. Decía que mucho había cambiado su vida sexual en los últimos dos meses, que en el verano estaban llenos de pasión y que le parecía que ahora poco quedaba de eso.

Hay todo tipo de razones por las que puede disminuir el apetito sexual. Un factor importantísimo -y que hay considerar- es simplemente “el clima”. La sensualidad se ve claramente afectada por la temperatura del ambiente. Ésta determina lo que llevamos puesto y lo que nos quitamos. También determina la cantidad de ropa que nos ponemos y que aísla nuestro cuerpo. Determina, igualmente, cuánto tiempo pasamos desnudos, el cual es mucho menor en época de frío.

Aunque el clima y la temperatura no son los únicos factores que intervienen en la libido, sí tienen mucha fuerza. A pocas personas les resulta placentero pasar frío mientras mantienen relaciones sexuales. Obviamente, los sistemas de calefacción pueden hacer maravillas. Sin embargo, psicológicamente, puede que estemos mucho menos predispuestos a mantener un contacto directo con nuestra piel. Nuestro cuerpo pide calor y estar abrazado a alguien todo el día no resulta funcional.

Aun así, podemos aprovechar el invierno para vivir momentos eróticos. Por ejemplo, disfrutar de un baño cálido y sensual con nuestra pareja. Ahí podremos recobrar el calor que nos falta durante estos días invernales.

M. Pérez, J. J. Borrás y X. y Zubieta

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Publicado en elmundo.es. Ilustración: Luis Parejo

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